
El 19 de mayo de 1971 fue publicado este artículo dedicado a José Martí y a Ho Chi Minh. Cuando se cumplen 55 años de que viera la luz, vuelve a estar a disposición de nuestros lectores, en una fecha significativa para Cuba y Vietnam

En octubre de 1889, Martí vive en Nueva York. Trabaja y estudia sin descanso. No cesa en el afán de unir en un solo haz a la emigración revolucionaria. Sufre golpes de incomprensión, pero no importa. El tiene fe en los hombres y en la fuerza invencible del pueblo.
Le preocupa la formación del hombre nuevo en América. Para contribuir a ello, con infinito amor, idea y redacta La Edad de Oro, revista mensual consagrada a los niños. Para que lo entiendan bien, pone su voz al alcance de los niños.
En esta revista, precisamente en el último de los cuatro números que constituyeron la breve y preciosa colección, el Apóstol de la libertad y la unidad de América Latina establece el primer puente de solidaridad entre Cuba y Vietnam, mostrando a los niños de América, con toda la plasticidad de sus imágenes y el colorido de su verbo, la cultura y el espíritu heroico de este lejano pueblo de Indochina.
El espíritu heroico del pueblo vietnamita está sabiamente captado por Martí, como si hubiera sabido en aquellos instantes que allá en el remoto Vietnam, en las entrañas de una mujer campesina, en la sangre de un generoso trabajador, estaba ya el germen del futuro Apóstol de Indochina: el maestro Ho Chi Minh. De ahí que dijera: «Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo».
En el número 4 de La Edad de Oro (Oct. 1889) encontramos manifestaciones como éstas:
«Todos han querido conocer la verdad y han escrito en sus libros que es útil ser bueno (se refiere a los vietnamitas), y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento».
«Tanto como los más bravos, pelearon y volverán a pelear los bravos anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda, allá lejos en Asia…»
«De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los bolsillos de la blusa azul, y si un francés les pregunta algo en el camino, le dicen en su lengua: «No sé». Y si un anamita les habla algo en secreto, le dicen: ¡Quién sabe!».
Así, a través de toda esta bellísima estampa con atisbos proféticos, Martí va explicando a los niños de América la belleza del paisaje, las costumbres, la gracia artística y el heroísmo silencioso de este pueblo distante.
Siete meses después de haber escrito Martí tan sentidas palabras sobre Vietnam en La Edad de Oro, nacía un niño en el caserío de Kim Lien, municipio de Nam Dan, en la provincia de Nghe An – lugar de larga tradición rebelde. Este niño, con el andar del tiempo, sería como él, poeta, maestro, amante de los niños, periodista, político, organizador de un partido revolucionario como guía en la guerra justa y necesaria, así como destacamento de vanguardia en las tareas de la construcción. Un niño que, cuando espigara en hombre, sufriría como él, prisiones, destierro, torturas, incomprensión, sin cejar un ápice en la rectitud de sus principios.
Este niño había nacido el 19 de mayo de 1890.
Era su nombre: Ho Chi Minh.
Cinco años después, cuando cumplía exactamente cinco años de vida, acá, al otro lado del planeta, caía José Martí, de cara al Sol, con su frente alta, limpia como una estrella caída entre dos ríos.
Pero en realidad no había caído. Sus ideas siguieron alumbrando caminos, combatiendo, abriendo paso al pueblo, hasta que su patria fue libre, libre en su territorio, libre en su política, libre en su economía, libre en su espíritu.
Y Vietnam, el lejano país del cual nos habló en La Edad de Oro, tal como él predijo, peleó y volvió a pelear. Y ya no es lejano. Está junto a Cuba, en un abrazo estrecho, porque el internacionalismo proletario borra las distancias y funde a los pueblos.
No hablaremos del 19 de mayo, pues, diciendo que en esta fecha cayó Martí en 1895 y nació Ho Chi Minh en 1890, sino afirmando que en esta fecha, con todo el empuje de la primavera, ambos están creciendo, con sus pueblos que se levantan a las más altas cumbres de la Historia.
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